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En Español?, What does the Bible say about...

Lo que dice la Biblia Sobre: La Ira

Controlar el Enojo

Una Parte de la serie Diario de Consejería Biblica

Por Henry Brandt Sobre Enojo

Edición por Kathy Lizzama-Levy
 Si tuviera que clasificar en una lista los pecados desde el más hasta el menos destructivo, las dos primeras posiciones las ocuparían la ira y la mentira…

No todo el mundo es alcohólico, no todo el mundo roba, maldice o comete adulterio. Sin embargo, todo el mundo tiene problemas con la ira. Es un problema universal. Lo he visto en los caníbales primitivos de Irian Jaya, en personas analfabetas de pequeñas aldeas en las selvas profundas de la República Democrática del Congo, en mis amigos cuando jugábamos de pequeños, en mis padres, en los miembros de la iglesia, en las personas del gobierno. Y sí, en mí.

Usted no puede decidir enojarse. Usted puede tomar medidas elaboradas para prevenirlo; pero tarde o temprano, la ira bajo su piel es disparada por un recuerdo, el comportamiento de alguien, una conversación, una llamada telefónica o una carta. Puede hacer que su corazón se acelere, hacerlo sudar, tensar sus músculos, revolverle el estómago, cambiar su manera de pensar, dictaminar su reacción y disparar palabras de su boca.

Parece existir un consenso universal acerca de que a la ira hay que domesticarla. Aun así hay un amplio desacuerdo sobre la causa y el remedio…

Una percepción equivocada de la ira.

La siguiente frase resume lo que dicen casi todos cuando acuden a mi consultorio con un problema de ira: “mi ira es una respuesta normal y justificada por el modo en el que me trataron”.

Rara vez se pregunta uno sobre la posibilidad de que la ira sea un pecado en el corazón. Esa palabra casi ha desaparecido de su vocabulario y en su lugar, las personas confiesan que son infelices, están tensas, tienen ansiedad, están preocupadas, decepcionadas, incomprendidas, recelosas, no se sienten queridas o están bajo extrema presión. Las palabras de moda son estresado y quemado

Qué dice la Biblia sobre la ira

La mayoría de las personas que buscan consejo argumentarán que tiene derecho a enojarse. “¿Puede culparme ante estas circunstancias?” Esa será su sólida defensa… Pero mientras que argumentan en defensa de su ira, no verán la necesidad ni tendrán el deseo de cambiar, y por tanto, de ser liberados de la infelicidad que conlleva la ira.

Uno de los versículos más citados de la Biblia es este: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26). Todas las personas a las que aconsejo confiesan que este versículo quiere decir que su ira no es pecado. No obstante, hay una parte de este versículo que no se puede rebatir: si quiere diga que su ira está justificada, pero libérese de ella antes de la puesta de sol.

Sólo cinco versículos por debajo de “Airaos, pero no pequéis”, se nos declara manifiestamente que podemos quitar de nosotros la ira (véase Efesios 4:31). Gálatas 5:16 dice claramente que las personas que andan por el Espíritu no tienen que luchar contra la ira, que es un deseo de la carne. No existe remedio humano, sólo Dios puede limpiar su corazón.

Vea otros consejos bíblicos que existen para controlar la ira: •“Pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20).

•“Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Mía es la venganza, Yo pagare”, dice el Señor” (Romanos 12:19).

•Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia (Efesios 4:31).

•Deja la ira y abandona el furor; no te irrites, sólo harías lo malo (Salmo 37:8).

•Mejor es el fin de un asunto que su comienzo; mejor es la paciencia de espíritu que la altivez de espíritu (Eclesiastés 7:8).

Para mí está claro que la Biblia nos está diciendo que Dios espera de nosotros que abordemos nuestros problemas con Su amor en nuestros corazones. Siga leyendo:

•“Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44).

•“Maridos, amad a vuestras mujeres (…)” (Efesios 5:25).

•“Que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos” (Tito 2:4).

•“Y el segundo es semejante a éste: Amaras a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).

•“(…) Amad a los hermanos (…)” (1 Pedro 2:17).

•“y que el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos (…)” (1 Tesalonicenses 3:12).

•“y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).

•“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:35,38-39).

La respuesta de Jesús hacia los pecadores cuando lo crucificaron entre dos criminales fue: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Pero la pregunta más difícil es: ¿cómo un ser humano que naturalmente responde con ira ante las circunstancias de la vida puede cambiar para responder con amor? Hablando en términos humanos, tenemos que admitir que este consejo bíblico es imposible de alcanzar. Todos sabemos que reprimir o tragarse la ira no es la solución. Reprimir la ira puede arruinar su salud y torcer el pensamiento. Usted sería como una bomba andante programada para explotar con cualquier provocación externa.

La Biblia ofrece una solución radical: “Apártelo. Deténgalo”. Esto es humanamente imposible. Sí, necesita de un milagro. Necesita ayuda sobrenatural.

Los pasos para cambiar.

Paso 1: Reconocer que la ira es pecado.

La prescripción bíblica para tratar con la ira destructiva es precisa y sólida. Disputas, malicia, enemistades, ira, enojos, disensiones y pleitos son obras de la carne, de la naturaleza carnal (véase Gálatas 5:19-21; Colosenses 3:8). Estos son pecado y eso es una buena noticia porque para el pecado existe una solución divina. Dios promete ayudarle; tratar con el pecado es Su especialidad. “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Un sencillo paso que ofrece una fuente de fuerza para “detener” las reacciones de la ira es invitar a Jesús a entrar en su vida. Incluso así, muchas personas inteligentes y capaces pasan por momentos muy duros para aceptar el hecho de que necesitan ayuda sobrenatural.

“Puedo controlar mi ira. ¿No basta con eso?” Ciertamente evita que explote. No obstante, solamente Dios puede ayudarle a detenerla. Dado que la ira es pecado, usted necesita un Salvador que le limpie de sus pecados: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Paso 2: Reemplace la ira por sentimientos de Dios.

Cuando usted tiene un corazón que ha sido limpiado y perdonado, puede pedirle a Dios que el poder del Espíritu Santo produzca los frutos del Espíritu en su vida (véase Gálatas 5:22-23): •Amor

•GozoLibertad de la Ira

•Paz

•Paciencia

•Benignidad

•Bondad

•Fidelidad

•Mansedumbre

•Dominio propio

Como todo el mundo, seguirá teniendo problemas y personas difíciles e injusticias a las que enfrentarse. Puede que aún tenga que volver a tomar energía, estar alerta y ser alentado para corregir lo que necesita corregir. Pero un Cristiano sabe que una persona llena de la energía del Espíritu Santo con amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio cuenta con la fuerza necesaria para vencer las palabras amargas y sarcásticas, la ansiedad, las tensiones del cuerpo y el comportamiento violento que antes lo caracterizaban.

El apóstol Pablo no pudo decirlo mejor: “Digo, pues: Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne” (Gálatas 5:16).

El Espíritu de Dios en Uganda.

Una sangrienta guerra civil rugió en Uganda. Había escasez de comida, agua, vehículos, gasolina y ropa. Las carreteras tenían baches del tamaño de un carro. Allá donde mirásemos había horribles máquinas de guerra: tanques, camiones, artillería. Teníamos que pasar por frecuentes controles dirigidos por soldados adolescentes y armados. Nos pararon una docena de veces mientras que recorríamos las 25 millas que separan el aeropuerto de Entebbe de la capital, Kampala. En cada control teníamos que abrir nuestras maletas para su inspección.

Al día siguiente teníamos que viajar a la ciudad de Goma donde estaba planeado que dirigiese un encuentro. Sam, mi conductor, había estado buscando en vano gasolina para nuestro vehículo de un lado a otro. Para cuando Sam me dijo que había encontrado algo de gasolina por 30$ el galón, ya llevábamos tres horas de retraso. Necesitábamos quince galones o lo equivalente a 450$.

Me cuestioné el viaje. ¿Quién iba a estar esperando a un conferenciante extranjero que llevaba tres horas de retraso? Sam me convenció de que debíamos ir. Fue un viaje lento, lleno de baches y con más controles dirigidos por soldados poco amistosos. Llegamos al lugar del encuentro que estaba repleto de personas. Hacía tanto calor y había tanta humedad que el aire de la sala era casi insoportable.

Me senté en la plataforma y miré hacia el público. Sabía que casi todos estaban hambrientos. Iban pobremente vestidos. Sabía que ninguno de los presentes se había puesto delante de un armario lleno de ropa preguntándose qué ponerse. Alguien que nunca se había planteado qué vestir o comer, ¿qué podía decirle a estas personas? Sabía que muchos de ellos habían sufrido la muerte de un familiar. Muchas de sus familias habían sido dispersadas, algunas habían tenido que huir a la selva para evitar ser acribilladas por fuego hostil. Oré en silencio “Señor, no sé que decirle a esta gente. Dios, tienes que ayudarme”.

El único pensamiento que vino a mí fue: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23).

Lo que les dije fue que creía que cada uno de ellos podía tener todo lo que quisiera de un don gratuito. El don era el fruto del Espíritu. Estaban disponibles para todos gratuitamente.

Un mensaje importante.

Después del encuentro, un hombre vestido con harapos se me acercó. Me dijo que parecí inseguro acerca de mi mensaje. Me confirmó que el fruto del Espíritu estaba disponible en Uganda pero que había omitido en mi mensaje una condición importante. Me preguntó si podría tomarme un tiempo para ir a su casa. Él quería contarme su historia.

Mientras descendíamos por una calle polvorienta bajo el intenso calor, señaló hacia una gran casa con unas cinco o seis habitaciones, en lo alto de las montañas. “Esa era mi casa”, me dijo, “pero los soldados de Idi Amin vinieron un día y la tomaron como cuartel general para su ejército. Mi familia tuvo que huir y hasta hoy se encuentran en la selva. Tenía un Mercedes Benz aparcado delante de mi tienda de ropa. Un día llegaron los soldados y se llevaron mi carro. Después se quedaron con mi tienda”.

Seguimos caminando por esa calle polvorienta con chozas de paredes de adobe y techos de paja a cada lado. Llegamos a una de ellas y me indicó que vivía ahí. Entramos: una habitación oscura, el suelo sucio y un cajón en el suelo. Me hizo señas para que me sentase en el cajón. Él se sentó al otro lado del mismo y continuó con la historia.

“Me senté en mi silla y tuve un ataque de histeria por culpa de los soldados que habían tomado mi carro, mi negocio, mi casa y dispersado a mi familia. Me consumía de odio, amargura e ira”.

“Cuando me obligaron a salir de mi casa, me llevé una silla. También tenía una vaca para la que necesitaba un poco de spray antimosquitos. Cambié mi silla por el spray pero la vaca murió. También tenía una cabra y la cambié por semillas para plantar un huerto pero no llovió por lo que mi huerto se malogró. Ahora no tengo ni carro, ni negocio, ni casa, ni familia, ni silla, ni vaca, ni cabra ni huerto”.

“Un día mientras estaba sentado en este cajón y recordaba todo esto, pensaba que iba a estallar de odio y de rencor. En medio de esta situación, un hombre llegó a mi puerta. Me dijo que era misionero y que había venido para decirme que Dios me amaba. Eso es todo lo que escuché. ¿Que Dios me ama? Estallé. ¿Sabe lo que me ha ocurrido?”

“Furioso, agarré a ese hombre y lo eché fuera de mi casa. ¡Dios me ama! ¡Estaba tan enojado que apenas podía contenerme a mí mismo! Para mi sorpresa, el hombre se levantó y volvió a entrar. Me asusté por su osadía. Me dijo que había venido para hablarme de Jesús y que quería continuar. Me dijo: Dios le ama tanto que entregó a Su único Hijo para morir por usted. Si se lo pide, entrará en su vida y cambiará su corazón”.

“¡Estaba furioso! Entonces de repente, lo que este hombre dijo me dio algo de esperanza. Yo necesitaba algo, así que le pedí a Jesús que entrase en mi vida justo en ese instante. Lo hizo”.

“Ahora viene la parte de mi historia que tiene que ver con su mensaje. Le dije que omitió algo. Cuando le pedí a Jesús que entrase en mi vida, aún podía ver mi hogar ocupado, los soldados manejando mi Mercedes Benz, mi negocio arruinado, mi familia dispersa, sin huerto y preguntándome cómo sobrevivir. Mi corazón aún estaba lleno de rencor hacia esos soldados”.

Mi nuevo amigo me leyó un versículo de la Biblia para los Hijos de Dios: “Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones” (Mateo 6:14,15).

“¡Un rayo de luz en una total oscuridad! Necesitaba perdonar a esos soldados. Necesitaba amarlos. De repente, quería amarlos. Abrí mi corazón y eché todo el odio, ira y amargura que había almacenado ahí. Lo único que quería era el fruto del espíritu en mi corazón”.

“Usted tiene razón”, me dijo. “Podemos tener todo lo que queramos gratuitamente. Pero usted tiene que cumplir con las condiciones de Dios. Usted tiene que perdonar las transgresiones de los hombres”.

Mi nuevo amigo me dijo que era el hombre más rico de Uganda. Había sido liberado de la insoportable carga del pecado (odio, ira, amargura) y ahora se deleitaba en la ilimitada riqueza del fruto del Espíritu que solamente Dios puede dar. Mientras nos separábamos, le prometí que compartiría su historia con los demás…

Un plan para el arrepentimiento.

…Arrepentirse por un pecado de ira es raro. Jesús explicó por qué: “Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas” (Juan 3:19-20).

Las personas inteligentes, que no se arrepienten creen que pueden justificar su ira porque Dios se enoja. Por eso peinan los Evangelios para encontrar una sola prueba de que Jesús se enojó. El término “indignación justa” sólo esclarece aún menos el asunto. Quizás, el 95% de la ira de cualquier persona es por un pecado evidente y viejo, y todos lo sabemos. La ira aflige a cualquiera. Simplemente deberíamos enfrentarlo y aceptar la oferta de Jesús: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11-28).

Este artículo es una adaptación de un capítulo de “The Word for the Wise” por Henry Brandt, Ph.D. y Kerry L. Skinner (Nashville: Broadman & Holman Publishers, 1995). Utilizado con permiso.Imagenes de Mathew Johnstone

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